La sabiduría tradicional otorga a la piedra el símbolo del ser como unidad y fuerza. Desde las épocas más remotas, la piedra supone la solidificación del ritmo creador, lo opuesto al cambio biológico, pero ha sido venerada en pirámides y en, múltiples formas. Se conoce la piedra filosofal de los alquimistas como la materia o polvo de proyección con la cual intentaban convertir en oro otros metales.
Místicamente esa piedra filosofal simboliza la realización del Mágnum Opus (gran obra), es decir, la sublimación de los aspectos inferiores del ser humano en naturaleza divina.
La piedra bruta, por el contrario, es el material irregular que deben desbastar los Aprendices, emblema de las edades primitivas del hombre e imagen del alma del profano. La piedra bruta deberá ser pulida con el cincel de la voluntad y el martillo del esfuerzo.
Por su parte, el diamante constituye la más elevada manifestación de la Luz blanca o Luz Universal. Es el rey de las piedras, el mas potente y precioso. Representa la más pura concentración de energía que emana de la voluntad divina. Se dice de él que ayuda a armonizar el corazón y la voluntad con el espíritu divino. El Buda hablaba del “espíritu de diamante”, en el que todo es pura reflexión y transparencia de un espíritu que puede reducir a migajas la ilusión de los espejos, pero que ninguna fuerza, por grande que sea, puede rayar.