Un cristal puede ser un buen asistente cuando uno se decide a practicar visualización creativa o incluso meditación. Vincula la conciencia con la Fuente y “atrae” el alma hacia la Luz. Algunos grupos de meditación siguen la costumbre de formar un círculo, en el centro del cual se coloca el cristal. A veces éste suele cargarse de energía y luminosidad. También puede prepararse una especie de pequeño altar dedicado a los cuatro elementos, sobre el que se coloca una vela encendida (fuego), un cuenco con agua o un florero (agua), incienso encendido (aire), y un cristal, a modo de tierra. Sentados frente a los elementos, fijando la mirada en el cristal y cerrando luego lentamente los ojos, tratando de conservar la imagen, para pasar luego a concentrarnos en la claridad interior. El cristal puede sumergirnos profundamente en el interior de nosotros mismos, y en todo caso fortalece la capacidad de visualización.
En el proceso de meditación, el mediante y el objeto de la meditación terminan por confundirse y constituir una unidad. Se trata pues de favorecer la concentración, tendente a un proceso de perfección. En el interior de nuestro yo existen todos los conocimientos, pero estos emergen rara vez al nivel de la conciencia, porque la apariencia de las cosas materiales ocupa la mayor parte de nuestra atención. En tanto que estemos distraídos por el “exterior” seremos incapaces de percibir el “interior”. Por eso la medicación obliga a lo exterior a permanecer como muerto, y así la mente puede despertar a la vigilia: un silencio interior que desgarra el velo de las ilusiones…
En la meditación de los yoghis suelen realizarse prácticas de “tratak”, es decir, una forma de purificación destinada a fortalecer los músculos de los ojos y conservar la vista. Se realiza moviendo los ojos en circulo, de arriba abajo y de izquierda a derecha, en movimientos continuos y lentos. La contemplación del cristal puede ser una ayuda en este sentido, al favorecer una superior concentración.